jueves, 3 de diciembre de 2015

Las Hetairas: Mujeres libres e influyentes de la Grecia clásica

Más que un tema controvertido, este es uno de opiniones. Los hay quienes piensan que las hetairas, cortesanas que servían de compañeras a los hombres de la antigua Grecia, eran poco más que eso; otros sugieren que sus funciones, influencia y educación las sitúan en uno o varios niveles por encima de las prostitutas, y que el hecho de que entre sus actividades estuviese el confortar sexualmente a sus clientes, debe ser considerado sólo como la prestación de un servicio profesional. Valor añadido, como diríamos ahora. Pero también estamos los que creemos que hay un punto intermedio que incluye ambas opciones, esto es, que las hetairas eran prostitutas, pero que además cumplimentaban sus ofrecimientos con mucho más que noches de pasión desenfrenada.

Cabe recordar que los valores morales de la actualidad difieren mucho de los de nuestros antepasados, y por ello no es justificable juzgarlos desde nuestra palestra. Las costumbres sexuales de los griegos antiguos eran, como poco, mucho más liberales que las nuestras. La homosexualidad no era sólo permitida, sino incluso celebrada y la prostitución no tenía el estigma que nuestra sociedad actual le impone, al menos en la superficie, pues no podemos ignorar que no estaba permitido a los ciudadanos atenienses entrar en el negocio del sexo. Sus profesionales, tanto hombres como mujeres, debían ser esclavos o metics, habitantes de la ciudad nacidos fuera y con ciertos derechos.

En Atenas había una clara distinción entre las pornai, las prostitutas comunes y corrientes, por llamarlas de una manera, y las hetairas. Estas últimas, por lo general, eran mujeres educadas, capaces de recitar poemas, bailar, cantar y tocar instrumentos, lo que resalta su papel como animadoras. Al contrario que las esposas e hijas de los ciudadanos atenienses que debían permanecer en el hogar, recluidas y silenciadas, las hetairas participaban no sólo en lossymposium, las juergas griegas favoritas de los hombres, sino que se les permitía dar su opinión política o filosófica. La separación se extendía al ámbito de la economía, dado que las hetairas podían ser propietarias y embarcarse en transacciones comerciales (también pagaban impuestos), lo cual estaba prohibido a las esposas de aquellos hombres a los que servían. Demóstenes deja muy claro el estatus de cada uno de los títulos dados a la mujer: “Tenemos hetaeras para el placer; pallakae para las necesidades diarias de nuestro cuerpo, pero gynaekes (esposas) para que nos den hijos legítimos y sean las guardianas fieles de nuestros hogares.”

Aspasia y Sócrates
Algunas hetairas alcanzaron gran poder como parejas, no casadas, de hombres influyentes, como Aspasia, la compañera de Pericles, tan celebrada por su sabiduría que el mismo Sócrates en ocasiones era su invitado. Diogenes Laertius narra en su biografía de Platón que este estuvo tan enamorado en su juventud de la hetaira Archeanassa, que incluso le dedicó un epigrama. Y no podemos olvidarnos de la bella Thaïs, la hetaira compañera de Ptolomeo, uno de los generales dAlejandro Magno, que le acompañó en todas sus campañas y se dice que fue la principal instigadora del incendio de Persépolis. Eso sí, aún las hetairas cargaban con cierta discriminación, al no estarles permitido casarse con un ciudadano.

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